Después de un día en el que no me salió nada, era de esperarse que el regreso a casa tendría me iba a deparar alguna sorpresa. Y así fue.
Desde el departamento de la madrina de la Carla, tomé una 206 que me dejó un paradero pasado de donde me quería bajar, y luego tomé el metro más lleno y caluroso de la vida para llegar a la estación La Moneda, y de ahí caminé a San Martín, para tomar la legendaria 509.
Hasta aquí, nada raro, sólo eventos desafortunados. Nada que haga el viaje uno para recordar.
Tomé la 509 y agarré un asiento en el pasillo, me puse cómodo y empecé a estudiar -lo que hace el urgimiento de los exámenes- para los exámenes que se avecinan. Pero como dormí poco del día anterior y el día de hoy fue bastante ajetreado, a los pocos minutos caí a los brazos de Morfeo. De repente, despierto y seguí estudiando, hasta que volví a morir. Luego, el niño de al lado mío se quería bajar y me despertó, con lo que el asiento de la ventana al lado mío quedó desocupado, lo que me posibilitó quedarme dormido tranquilo.
Hasta ahí, seguimos tranquilamente, sin acontecimientos que hagan mérito como para aparecer en un blog.
Dormía plácidamente en mi asiento, apoyado en la ventana, cuando una sensación extraña me despertó. Íbamos pasando frente al colegio donde estudió la Carla, el A-70 -cofcofFLAITEcofcof- y de repente, la micro queda en panne. Para los que cachan el colegio, saben que está en el límite de la Villa Francia -cofcofMÁSFLAITEcofcof- y que no era buena idea quedarse tirado ahí. Afortunadamente, la micro, tal cual ave fénix, renació para completar su labor de llevarnos a nuestras casas. Pero la historia no termina aquí.
Íbamos por Segunda Transversal, pasadito Américo Vespucio, cuando la micro vuelve a morir. Sin embargo, ni el chofer ni la micro bajaron los brazos, y nuevamente la micro renació de sus cenizas y levantó el vuelo -evidentemente, es una metáfora, el Transantiago jamás va a evolucionar tanto, y menos con $1.000 de presupuesto- una vez más, en su afán de cumplir con su deber de llevarnos a nuestras casas. Pero no, no cante victoria, la historia sigue.
Llegando al cruce con 5 de abril, la micro enfrentó un momento crítico. Murió y a pesar de los esfuerzos del chofer, no prendió, por lo que nos tuvimos que bajar todos a esperar otra micro que nos llevara a nuestros hogares. Nos estábamos dispersando, cuando el chofer, mediante alguna magia o machitún, logró revivir nuevamente a la micro, y todos nos volvimos a subir -pero ni cagando hicimos bip! de nuevo- con las esperanzas de que este memorable viaje tendría un final feliz.
A estas alturas, la cosa ya era emotiva. Los pasajeros arengaban al chofer, cual si fuera el “Chupete” Suazo encarando defensas o el “Colocho” Iturra disputando una pelota dividida, con la clara intención de apoyarlo en su deber de hacer andar la micro, no como otros…
Finalmente, la máquina ya no dio más y murió en Portales. No sin antes dar una dura batalla al panne que finalmente acabó destruyendo nuestras esperanzas de que la historia tuviera un final feliz. Sin embargo, agradezco al chofer por intentarlas todas las mañas habidas y por haber para hacer que la micro funcionara. Gracias a él tengo una nueva entrada en el blog.
Chau Chau
(H)
EPÍLOGO: La micro, desde que desisitó en su batalla hasta que pasó otra 509 -que fue la que terminó llevándome a mi casa-, logró avanzar 5 metros más para lograr apegarse a la vereda y *no estorbar tanto*.

